Publicado el 10 de agosto de 2015 | por 0

AR. Microcuento de terror sobre realidad aumentada

Llamamos realidad aumentada (augmented reality, AR por sus siglas en inglés) a esa tecnología que permite superponer imágenes virtuales sobre imágenes reales. Por ejemplo, si abrimos la aplicación de cámara de nuestro móvil y apuntamos a un edificio, el móvil podría reconocerlo y mostrarnos un letrero con su nombre encima y una breve historia.

Si esto lo llevamos a unas gafas como las Google Glass, podríamos por ejemplo ir conduciendo y ver las flechas del navegador en nuestras gafas, a la vez que vemos la imagen real. Este tipo de tecnologías generan cierta controversia, ya que al integrarse tan estrechamente con nuestra vida social generan puntos de fricción en cuanto a la privacidad. Es el motivo principal por el que Google no continuó con el desarrollo de Google Glass. Sin embargo los motivos por los que yo la repudio son bien distintos.

Sucedió hace tres veranos, en un merendero en un tranquilo bosque. Había pasado allí la tarde con un grupo de amigos, entre comida basura y discusiones tecnológicas. Otros grupos de personas, sobre todo familias con niños, hacían lo mismo. El ambiente y el clima era tan agradable y apacible que ninguno de nosotros se percató de lo rápido que caía la noche. Las familias que aparentemente deberían ser las primeras en irse continuaban entre conversaciones y juegos de niños.

Embobados por esa reconfortante y extraña oscuridad, los niños comenzaron a esconderse. Una niña se escondió detrás de una gran piedra a nuestro lado. Su hermano mayor la llamaba, y su tono de voz, inicialmente de sereno y divertido, comenzó a transmitir poco a poco una sensación de preocupación. La niña estaba bien y yo la veía. Su preocupación no me asustaba. Sin embargo sí empezó a aterrorizarme el hecho de que, durante la última hora, nadie había mostrado ningún síntoma de preocupación por la hora ni la oscuridad, ni siquiera yo.

Al fondo podía ver grupos de gente que habían encendido pequeñas luces artificiales. El hermano de la niña se acercaba a nosotros y, ante la ausencia ya casi total de luz, encendí la linterna de mi móvil con la intención de alumbrarlo, mostrarle dónde estaba su hermana y terminar con ese juego que comenzaba a angustiarme a mí tanto como a él.

Dirigí el haz de luz hacia él, y justo cuando estaba llegando a su cara, la linterna se apagó. También la pantalla del móvil. Y también el resto de luces de las demás personas. Toda la anormal tranquilidad que se respiraba esa tarde cambió a una angustia inmensa para todos los que estábamos allí.

En ese momento una persona, que no pude distinguir, gritó “corred, ya vienen”.

Mi móvil se cayó al suelo y su pantalla se encendió. Era la única luz encendida en todo el bosque. Al cogerlo pulsé sin querer el icono de una aplicación de realidad aumentada que, por aquella época, utilizaba como navegador para el coche. La cámara se activó y pude ver los árboles que tenía a mi lado, muy atenuados por la luz. Pero una imagen terrible se veía en la pantalla, algo que no podía ver en la realidad. Eran animales salvajes corriendo hacia mí, una especie de lobo terrorífico con los ojos ensangrentados seguido de muchos otros animales menos temibles pero con mirada igualmente aterradora.

Volví a mirar al bosque. Volví a mirar al móvil. Mi cabeza no comprendía lo que parecía una broma de mal gusto de la aplicación, pero que explicaba esa extraña tarde y el terror del resto de los presentes, aún cuando sólo yo conocía el motivo.

Cuando el lobo con ojos ensangrentados estaba a punto de llegar a mí se alejó por un lateral, y allí comprendí que esos animales virtuales no venían a por mí. Ellos también huían de algo que procedía del bosque.

Sé que no me creeréis, yo tampoco encuentro explicación para lo que sucedió aquella tarde, a pesar de que mis conocimientos tecnológicos me permitieron analizarlo a fondo durante meses. Sólo sé que desde ese día no he vuelto a utilizar aplicaciones de realidad aumentada, ni he vuelto a pisar un merendero.




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