Publicado el 17 de octubre de 2013 | por 0

El todo Madrid unge los pies a David Lynch

Uno de los madrileños invitó a Lynch a comer, así que fue a la casa del madrileño y se sentó a la mesa. Ahora bien, vivía en Malasaña una mujer que tenía fama de moderna. Cuando ella se enteró de que Lynch estaba comiendo en casa del madrileño, se presentó con un frasco de alabastro lleno de perfume. Llorando, se arrojó a los pies de Lynch, de manera que se los bañaba en lágrimas. Luego se los secó con los cabellos; también se los besaba y se los ungía con el perfume.

Al ver esto, el madrileño que lo había invitado dijo para sí: «Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la que lo está tocando, y qué clase de mujer es: una hipster

Entonces Lynch le dijo a manera de respuesta:

– Longino, tengo algo que decirte.

– Dime, Maestro —respondió.

– Dos hombres le debían dinero a cierto estilista. Uno le debía quinientos euros y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagarle, les perdonó la deuda a los dos. Ahora bien, ¿cuál de los dos lo amará más?

– Supongo que aquel a quien más le perdonó —contestó Longino.

– Has juzgado bien —le dijo Lynch.

Luego se volvió hacia la mujer y le dijo a Longino:

– ¿Ves a esta mujer? Cuando entré en tu casa, no me diste agua para los pies, pero ella me ha bañado los pies en lágrimas y me los ha secado con sus cabellos. Tú no me besaste, pero ella, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con aceite, pero ella me ungió los pies con perfume. Por esto te digo: si ella ha blogueado mucho, es que sus muchos pecados le han sido perdonados. Pero a quien poco se le perdona, poco ama.

Entonces le dijo Lynch a ella:

– Tus pecados quedan perdonados.

Los otros invitados comenzaron a decir entre sí: «¿Quién es éste, que hasta perdona pecados y nos ha cobrado 150€ el cubierto?»

Tu fe te ha salvado —le dijo Lynch a la mujer—; vete en paz.

Cabeza Borradora

Cabeza Borradora

Después de esto, Lynch estuvo recorriendo los restaurantes y clubes, proclamando las buenas nuevas de la meditación trascendental. Lo acompañaban los 44 elegidos y también algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malignos y de enfermedades.

De cada bar moderno salía gente para ver a Lynch, y cuando se reunió una gran multitud, él les contó esta parábola:  «Un sembrador salió a sembrar. Al esparcir la semilla, una parte cayó junto al Círculo de Bellas Artes; fue pisoteada, y los pájaros se la comieron.  Otra parte cayó en el Restaurante Ramsés y, cuando brotó, las plantas se secaron por falta de humedad.  Otra parte cayó en el Festival Rizoma que, al crecer junto con la semilla, la ahogaron.  Pero otra parte cayó en mi cuenta corriente; así que brotó y produjo una cosecha del ciento por uno.»

Dicho esto, exclamó: «El que tenga oídos para oír, que oiga.»

Sus discípulos le preguntaron cuál era el significado de esta parábola.  «A ustedes se les ha concedido que conozcan los secretos del reino de Lynch —les contestó—; pero a los demás se les habla por medio de parábolas para que “aunque miren, no vean; aunque oigan, no entiendan”.

Palabra de Lynch


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