Publicado el 8 de septiembre de 2013 | por 0

La metamorfosis del ángel

Durante un tiempo trabajé ocho horas al día de lunes a sábado –incluido algún festivo– en una de las tiendas multi-marca más importantes de la ciudad. Fue una etapa maravillosa repleta de intensas relaciones sociales.

El flamante sueldo base y las para nada conflictivas comisiones eran una minucia para mí comparado con la alegría que sentía cuando un cliente entraba cinco minutos antes de cerrar. La ensordecedora música celestial que armonizaba nuestra jornada laboral o el apasionante desafío al que nos retaba la caja cuando no cuadraba tenía más valor que todo el oro del mundo.

Y qué decir del saludable ejercicio de coger el bajo de los pantalones o la desestresante tarea de desembolsar el género que llegaba a diario en cajas. Aún está impregnado en mis fosas nasales el imponente olor a papel de albarán que se desprendía al abrirlas. Alguien lanzó un perfume imitando esa fragancia, se llamó Uncontrolled Stock o algo así. Sentía un placer casi pecaminoso mientras separaba por talla y color las prendas.

Realmente fue una época divina en la que tuve la suerte de apreciar con admiración, asombro y estupefacción como la belleza del caos se reflejaba en un simple día de cambio de escaparate. Pero si hubo algo milagroso durante aquella temporada fue que cualquiera de esas prendas que doblaba una y otra vez a lo largo del día podía ser mía a mitad de precio.

Esto último era un privilegio que desplumaba mi nómina antes de cobrarla pero permitía a una chica de barrio como yo ir vestida de arriba abajo de Plein Sud, Ghost, Cavalli, Irié, Cimarron, Custo Line, Transit… Con todo ese derroche de glamour y fantasía a mi alcance, conseguir el equilibrio entre la elegancia y el exceso era una tarea difícil.

Evitaba a toda costa los luminiscentes maxi logos de Dolce & Gabanna  y el doré Versace para no llamar la atención. Pero no servía de nada. Iba vestida con un sencillísimo body de Anti-Flirt y ya brillaba más que las letras de mi cinturón Moschino. Sensualidad innata.

Anti-Flirt

A veces pienso que la gente tenía una idea equivocada sobre mí. Que sólo se quedaba en la superficie. En el mutón, en los tacones de Pura López, en mi olor a Thierry Mugler o en la Tierra del Nilo que bronceaba mi cara. Debajo de aquellas capas de rímel, de aquel mini-short blanco que dejaba al descubierto los molletes y de aquel top azul celeste que me marcaba hasta el esófago se ocultaba un ángel y muy pocos podían verlo.

Eso me enseñó a no prejuzgar a la gente. A no criticar, por ejemplo, a esas criaturas de cuerpos casi idénticos que parecen haberse formado en el interior de unas vainas y que han invadido este verano nuestras calles ataviadas con micro-shorts tejanos de Pull & Bear, camisetas sport chic de sisa amplia, sudaderas de Hollyster, mini-tops con estampado floral, melenas lisas naturales o encrespadas por la plancha que rozarían el pantojismo si no fuera por el mechado californiano, ristras de pulseras color flúor hasta el codo muy beneficiosas para la epicondilitis, móviles desde donde no se pierden detalle de la apasionante vida de Paula Echevarría

Esos adorables clones ya están engendrando en sus armarios un pantalón de cuadro escocés, una camiseta negra con la imagen de algún icono de la música punk del que no han oído hablar jamás y unas botas moteras.

En breve pasarán de un look sexy natural chic a un look outsider. La metamorfosis del ángel, lo llaman.

Pronto colgarán sus Vans o Superga maxi-suelas como yo colgué mis No Name.

No Name


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