Publicado el 4 de octubre de 2013 | por 0

París: ¿bien vale una misa?

Esto va a acabar conmigo ¡Ya no puedo más!
En la reunión diaria de redacción comenté que pensaba escribir un artículo sobre París. Para mi sorpresa, no hubo ni exclamaciones groseras, ni ruidos soeces con los sobacos. A los palurdos de mis compañeros les pareció muy buena idea. Y de pronto el redactor jefe va y suelta:

-Y pon muchas fotos. En Internet hay algunas muy ligerita de ropa. Incluso un video erótico.
-¡Podríamos poner un link!-exclamó otro. – Es que la Paris Hilton está buena que lo flipas, colega.

Todos empezaron a reír y a soltar sonidos guturales más propios de los Cro-magnon en celo que de unos humanos de la Era de la Información. Yo estaba tan alucinada que lo único que pude hacer fue salir de allí con una excusa tonta y encerrarme en el lavabo a llorar. (Sí, para colmo también me había venido el periodo). En fin, decidí dejarlos en su confusión. Ya fliparán ellos cuando lean este articulo tan bonito, bien redactado y basado en datos científicos. No como los suyos…

Siempre nos quedará París, le susurraba Rick a Ilsa en la mítica Casablanca al son de As time goes by sonando de fondo.

París, París… Desde siempre la capital de Francia ha sido considerada la ciudad del amor y el romanticismo por excelencia. Pero ¿qué queda algo de ese mito hoy en día? En 1986 el psiquiatra japonés Hiroaki Ota describió un extraño mal que sufrían algunos turistas nipones durante su visita a la ciudad del Sena. Esta peculiar enfermedad se manifestaba por un alto nivel de ansiedad, taquicardias, sudoraciones y alucinaciones provocados por el gran contraste entre la idílica imagen asociada a París y la cruda realidad. Casablanca es sólo un ejemplo, podríamos citar infinidad de películas que han catapultado la capital francesa como meca del encanto. Moulin Rouge, Amelie, Antes del Atardecer, La Dama y el Vagabundo, Midnight in Paris, la serie Sexo en Nueva York, etc. Cientos son los referentes que se han encargado de cimentar en nuestro subconsciente esa imagen de París como ciudad maravillosa y romántica. París sugiere paseos por la orilla del Sena con una baguette bajo el brazo, cenas románticas en un encantador Bistrot, humeantes croissants en un delicioso café del Barrio Latino, acaloradas discusiones con los artistas bohemios de la Place du Tertre

En este sentido los españoles tenemos ventaja sobre los japoneses pues con los franceses como vecinos estamos preparados para lo peor. Pero Japón queda muy lejos y sus habitantes asumen esos tópicos cómo verdades absolutas. Y cuando llegan a la capital francesa además de la Tour Eiffel, Montmartre y Les Champs Elisees se encuentran con los problemas típicos de una gran metrópoli, a saber: alta contaminación, tráfico denso, ruido, estrés, suciedad, vandalismo, inseguridad, etc., así como otros problemas propios: un parque hotelero viejo y en mal estado, precios abusivos, largas colas para visitar cualquier atracción turística y el carácter más bien grosero de los parisinos. A esto hay que sumarle el jet lag y agotamiento propios de los vuelos de larga distancia así como las salvajes gincanas a las que se someten los viajeros japoneses, que llegan a Europa con ganas de verlo todo en los pocos días de vacaciones que sus empresas les conceden. En consecuencia algunos se ven superados por el desencanto y el frenesí y les da un jamacuco del copón que el Dr. Ota bautizó muy sabiamente como Síndrome de París. La embajada japonesa en Francia afirma atender in situ a una veintena de casos anuales, mientras que la sanidad nipona admite otros tantos casos en sus hospitales tras el regreso del viaje.

Cuando el Dr. Ota anunció su descubrimiento hace casi 30 años, casi nadie le tomó en serio, y mucho menos en Francia. El problema debía radicar en que los turistas japoneses eran unos flojos, así que pasaron dos décadas antes de que la revista Nervure-Journal de Psychiatrie, referente de la psiquiatría francesa, se hiciera eco de esta nueva dolencia. Sin embargo no ha sido hasta estos días cuando se ha empezado a tomar el tema en consideración. El motivo no es otro que el alarmante descenso de satisfacción que han mostrado los visitantes de la capital gala en las encuestas. Con o sin síndrome, los turistas abandonan París con un sabor agridulce. Algo deberán hacer las autoridades de la ciudad si no quieren que esta gallina de los huevos de oro empiece a resentirse. París es el primer destino del mundo; solamente la ciudad atrae a más de 72 millones de personas cada año (el total de Francia fue de 79,5 millones de turistas en 2012), lo que supone miles de millones de € en ingresos. Pero, ¿qué hacer para que los turistas estén más contentos cuando el problema fundamental lo provoca el masivo flujo de turistas? Es la pescadilla que se muerde la cola. Lo más obvio parecería limitar el número de visitantes, pero eso supondría un inmediato encarecimiento –aún más- de los precios, por lo que a fecha de hoy parece improbable.

De todas formas no hemos de olvidar que no sólo París causa un perturbador efecto en sus visitantes. Ya en el siglo XIX Stendhal describió un síntoma similar entre los visitantes de Florencia, abrumados ante la magnitud de bellísimas obras de arte allí concentradas. Y recientemente se ha descrito el Síndrome de Jerusalén, de igual sintomatología, provocado en esta ocasión por el fervor religioso.

Más o menos romántica, París es una ciudad maravillosa que merece una o varias visitas. Es grandilocuente, hermosa y su oferta monumental, cultural y de ocio no tiene parangón en el resto de Europa. Pero como siempre, antes de viajar es necesario informarse bien y organizarse. Y en el caso de París, además, preparar la Visa y no perder de vista que se trata de la urbe más grande de la Europa continental (y que para colmo, está llena de parisinos).

¡Ea, y que aprendan a escribir los cro-magnones!


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