Publicado el 20 de julio de 2013 | por 0

Turismo sexual

Siempre he pensado que las compañías aéreas deberían patrocinar las redes sociales de encuentros. Estoy convencido de que la gente que participa en esos chats viaja más. Lo foráneo siempre aporta un plus de exotismo, además te sientes seguro pues piensas que al estar lejos estás a salvo. ¡Qué gran trampa! Una anodina tarde de domingo, entre tv movie y tv movie a cual más sosa, te entra por chat un hombretón rubio y de ojos claros y con los brazos cubiertos de vello que te saca de tu sopor. Vas charlando y ves que además es majo y tiene un labrador. ¡Qué mono! Congeniáis, te vas calentando, intercambias algunas fotos (cada vez más subidas de tono) y un día empiezas a plantearte que surcar miles de kilómetros para conocerle no es tanta locura. Además siempre te ha interesado visitar esa zona donde vive pues hay un fascinante Museo de Patchwork y a mediados de agosto, justo con el deshielo, eligen a la Reina de la Remolacha. ¡Qué pintoresco! Para cuando quieres darte cuenta estás intentando cuadrar tus días libres con el límite de tu Visa y las ofertas de la aerolínea de turno. Sí, lo admito, yo he practicado el turismo sexual. He visitado varios destinos europeos a fin de conocer al maromo de turno. Mi balance en general es positivo, con algún gran chasco que otro, pero la conclusión a la que uno llega tras varios viajes a sus espaldas es que no merece la pena. Entonces: ¿qué hacer cuando Cupido te envía flechas desde más allá de la distancia razonable? Lo coherente sería no hacer caso, pero si eres un inconsciente (como es mi caso), le dices que se venga él. Si por lo que sea la cosa no es como esperabas, por lo menos juegas en casa. Sea como sea, aquí o allá la gente no deja de sorprenderte. Y esa es la gracia del asunto, supongo.

A principios de septiembre fui a recoger a un ligue al aeropuerto. Venía a pasar 10 días (sí, 10 días!!) a mi casa. Él ya estaba en la terminal cuando yo llegué y la primera impresión fue bastante positiva: machote, limpio y arregladito a pesar de las casi 5 horas de vuelo que se había pegado. Aquello pintaba la mar de bien. Me disculpé por los minutos de retraso y miré a su alrededor, buscando su equipaje. Él por gestos me indicó que no había equipaje, que todo lo que traía era un neceser que colgaba de su muñeca a modo de mariconera. Se me cuajó la sonrisa y mi optimismo se evaporó cual fragancia estival barata. ¿Venía a pasar 10 días y sólo traía un neceser? Era un neceser amplio, es cierto, pero la bolsa que utilizo yo para ir a la playa donde paso a lo sumo tres horas cada vez es bastante más grande de lo que él traía para pasar 10 días. Entiendo que contara con que íbamos a estar bastante tiempo retozando en bolas, pero aún así me pareció un equipaje alarmantemente escaso. ¿Es que no pensaba cambiarse de calzoncillos durante esos 10 días? O lo que era peor: ¿es que no pensaba volver a su Rusia natal? Con ese don de gentes que me caracteriza e intentando controlar el tic nervioso que asediaba mi ojo izquierdo, le comenté entre risas que viajaba muy ligero de equipaje. Por respuesta obtuve una amplia sonrisa. Resumiendo: no me entendía. Ese fue el segundo contratiempo (y el más grave). Pero me estoy precipitando. Lo mejor, como siempre, es empezar por el principio.

Este muchacho llevaba entrándome desde hacía bastante tiempo. Por aquel entonces yo estaba todavía absurdamente liado con Dani, así que no le hacía mucho caso. Incluso llegó a venir de turismo a Barcelona (de motu proprio, no alentado por mí) y me preguntó si podíamos tomar un café, propuesta a la que respondí haciéndome la loca. Pasados unos meses, recuperado ya mi habitual estado de soltería, el chico en cuestión volvió a aparecer por el chat. Para ese entonces yo me encontraba ya mucho más receptivo pero lo que acabó de captar mi interés fueron unas fotos nuevas que había subido a su perfil que se había hecho mientras entrenaba en su gimnasio, que venía a ser como una escuela de boxeo, con sacos colgado de las vigas, varios punchs e incluso un cuadrilátero. ¡Un boxeador! ¡Oh cielos, una de mis fantasías eróticas se estaba haciendo realidad ante mis ojos! Fue en ese instante cuando los 3.013,17 km que nos separaban empezaron a parecerme una fruslería.

Se llamaba Yuri y vivía en Moscú. Era muy amigable, solícito y noblote, pero su inglés era nulo así que chatear de cualquier cosa más allá de los típicos cómo estás y qué te gusta en la cama era francamente complicado. Utilizaba el traductor de google, pero aún así nuestra comunicación era muy pobre. Al poco comprendí que nuestras limitaciones no eran fruto únicamente del idioma, vi claro que Yuri era un hombre sin demasiadas inquietudes. Era imperturbable al desaliento porque tras un año de indiferencia por mi parte, ahí seguía, entrándome casi cada noche con gran entusiasmo, enviándome mensajes llenos de emoticones con sonrisas, corazones y graciosos dibujitos de sus posturas sexuales favoritas (sí, los chats que frecuento ofrecen esa posibilidad), lo cual era muy halagador. Pero ahondar un poco en cualquier tema era harto complicado. Así como yo quería saber de él y de su vida, él parecía poco interesado en la mía más allá de la impresión que podían ofrecer mis fotos. O quizás hacer preguntas a tu interlocutor no está bien visto en Rusia, lo desconozco.

A fin de intentar profundizar un poco más, pasamos a skype. Chateábamos varias veces a la semana, siempre bastante tarde. Yuri vivía con su familia y esperaba que se fueran a dormir para encender la cam. No pude entender muy bien por qué, pero siempre se conectaba desde la cocina, que parecía sacada de las primeras temporadas de Cuéntame, con unos azulejos azul cielo y unos visillos de color indefinido que estaban pidiendo a gritos grandes dosis de KH7. A base de tesón y de esfuerzo conseguí algo de información sobre su vida. Trabajaba en un tienda que vendía cerveza y no era un bar. Supuse que era algo parecido a una licorería, pero él insistía que vodka no vendían. Vodka no, no, no no, decía a la vez que negaba enfáticamente con la cabeza, como si en lugar del típico espirituoso ruso estuviéramos hablando de heces de mona rebozadas. Su función en la tienda era otro gran misterio. A veces creí entender que estaba en la puerta –en plan segurata, imaginaba yo–, pero en otras ocasiones me decía que había estado con clientes. Cuando le preguntaba qué horario hacía, me respondía que de 07.00 a 23.00 h. todos los días. Ese debía ser el horario de la tienda así que a fin de sonsacarle le pinchaba preguntándole que cuando iba al gimnasio entonces. Él me respondía que por la noche. ¿Por la noche, cuándo? ¡Supuestamente había salido de la tienda hacía escasamente una hora! En fin, todo era confuso y misterioso, pero si algo tenía claro es que su intención no era ocultar información y mostrarse esquivo. Para Yuri esas debían ser cuestiones nimias. Siempre estaba sonriente y dispuesto y estoy seguro que a él le sorprendían tanto mis preguntas como a mi sus respuestas. Tras un rato de chateo, cuando empezaba a sentirme un tanto frustrado encaminaba la conversación por unos derroteros que sabía él se sentía más cómodo: le pedía que me enseñara los bíceps, su poderoso pecho peludo o que se quedara en bolas y se tocara un poco. Claro, yo debía corresponder de igual manera. En esos momentos nuestra torpe comunicación pasaba a ser fluida y clara y durante esos gloriosos instantes parecía incluso que hablábamos el mismo idioma. Yuri estaba orgulloso de su cuerpo (no era para menos) y le gustaba lucirlo, aunque iba con bastante cautela porque de vez en cuando se presentaba en la cocina su sobrina que se había levantado a beber agua. La niña se tiraba a los brazos de su tío, que le hacía alguna broma en ruso y le daba un beso, tras lo cual señalaba la pantalla, para que la cría me hiciera alguna carantoña. ¡Que ricura!

Convinimos que vendría a Barcelona en agosto, a mi casa. No podía ser antes pues a principios de julio él se iba de viaje a Nueva York a la boda de un familiar. ¡Caramba con Yuri! Para ser portero en una tienda de cerveza parecía que no le iban mal las cosas. Desde los USA me enviaba fotos de él y su familia y muchos I miss you. Un día me dijo que estaba muy preocupado porque su padre se había puesto muy enfermo en Moscú y que tras la boda volvería corriendo a Rusia. Pero la mala fortuna quiso que su padre falleciera antes de que él llegara para despedirle. Pobre Yuri, se sentía muy culpable y estaba desolado. Un par de días más tarde me comentó que no podría ponerse en contacto conmigo durante una temporada porque se iba 40 días a Samarcanda. ¿40 días? ¡¿Samarcanda?! No era el momento de ponerme quisquilloso pero esos 40 días pillaban de lleno su visita a mi casa. Me dijo que eran días de luto por su padre y que vendría a verme en septiembre, si me iba bien. Él seguía triste y lloroso a pesar de lo cual pero no pude dejar de preguntarle: ¿Samarcanda? Él había nacido en dicha ciudad, donde había vivido hasta los 20 años, momento en el cual emigró con toda su familia a Moscú. Yo no tenía mucha idea de donde estaba Samarcanda pero me sonaba a algo muy exótico, como de las Mil y una Noches. La Wikipedia me sacó de dudas: es una ciudad de Uzbekistán muy antigua y en su momento muy importante gracias a la Ruta de la Seda, que había pertenecido al Imperio Persa. Comprendí entonces a qué se debía el tono renegrido y el bigotazo que lucía la sobrina ya a tierna infancia.

A mí, que como ha quedado claro soy de natural curioso, se me amontonaban las preguntas. Ardía en deseos de saber más sobre Samarcanda, sobre sus comidas, sobre sus costumbres. Y por supuesto más sobre su vida. ¿Cómo era que en su trabajo le dejaran ausentarse durante tanto tiempo? Aquí te tomas un par de días por un trancazo y te miran mal. Pero me contuve de hacerle demasiadas preguntas; las pocas veces que pudimos chatear estaba tan desolado y lloroso que de lo único que te entraban ganas era de abrazarle y consolarle. Cuando le preguntaba qué tal el día me respondía: atendiendo visitas. ¿Tantas visitas tenía? ¿Cada día? Su padre debía ser muy famoso.

Equipaje completo para turista sexual

Total, a mediados de septiembre se plantó en Barcelona con su mariconera XL en la que traía: un cepillo de dientes, dos calzoncillos, dos pares de calcetines, una camiseta, una colonia Adidas y unas chanclas. Lo sé porque en un momento de descuido le registré.
Yuri era cariñoso y tenía buen carácter y en ningún momento se mostró alicaído por su reciente drama familiar. Los dos primeros días fueron gloriosos, era muy fogoso, un poco monótono para mi gusto, pero tenía un cuerpazo con el que uno podía entretenerse explorando texturas y recovecos durante un buen rato. Pero una vez apaciguada la libido, surgieron los conflictos. Lo del equipaje fue fácil de subsanar: le presté ropa mía. Nuestro gran problema fue la comunicación, o mejor dicho, la falta de ella. Él confiaba en poder conectar su móvil a Internet y utilizar su traductor, pero por algún motivo su teléfono ruso no quiso funcionar en España. Lo intentamos con el mío, pero no pude dar con el alfabeto cirílico entre las opciones así que no podíamos comunicarnos más allá de la mímica y de las más elementales palabras –que no frases- en inglés. Cuando queríamos ponernos de acuerdo o comentar lo que fuera, nos sentábamos frente a mi ordenador (en el que sí encontramos alfabeto cirílico), y hacíamos lo que llevábamos haciendo durante meses: chatear. Fue así como pude desentrañar algunos de sus misterios que tanto llamaron mi atención durante meses: era propietario de un pequeño supermercado en el que se vendía algo de comida envasada, productos de higiene y bebidas con graduación máxima de cerveza y tenía cinco empleadas.

Se quedó 10 días en mi casa. Demasiados, pero no me dio opción a opinar. Además, tal como ya le había avisado, yo tenía que dedicarme en cuerpo y alma a la puesta en marcha de un proyecto profesional que se iniciaba en septiembre y no pude estar mucho por él. Es de agradecer que Yuri se organizara a su aire, lo que me dejaba a mi casi total libertad. Por las mañanas iba a la playa y por las tardes daba algún paseo o miraba una y otra vez un curso de inglés para rusos en dvd que se había traído (no se dónde porque en ese neceser suyo no cabía). Me preparaba la comida, que solía ser a base de contundentes combinados de arroz o pasta con carne. Las cenas solíamos hacerlas fuera. La verdad es que él aceptaba mi alienación con sorprendente tranquilidad. Pero mi situación profesional me tenía muy atacado y llegó un punto que todo me molestaba. Y había en su actitud una característica en concreto que a mi me desesperaba: su indiferencia ante cualquier cosa que hiciéramos. Ya podía llevarle a un mega fashion bar de diseño con vistas impresionantes en la zona más chic de la ciudad o a un cutre chiringuito con olor a pis de un polígono industrial de mala muerte que él no se inmutaba jamás, ni para lo bueno ni para lo malo. No es que lo pasara bien ni mal, sino todo lo contrario. Esa apatía podía conmigo. Una tarde fuimos a tomar café a casa de unos amigos. Al ir a cruzar Vía Layetana nos topamos con una gran manifestación de esas que asustan. Había mucho follón, gente lanzando proclamas con megáfonos, los antidisturbios con máscaras y escudos a punto de actuar, furgones policiales por doquier, pancartas, banderas, sirenas, helicópteros… El montaje impresionaba y nos llevó varios minutos cruzar de lado a lado de la calle amén del peligro que eso supuso. Pues Yuri en ningún momento mostró curiosidad por lo que ocurría a nuestro alrededor o siquiera preocupación por nuestra integridad física. No me preguntó a qué se debía la protesta ni tan siquiera mostró sorpresa cuando nos metimos en plena manifestación. Además tenía la costumbre de caminar tres pasos por detrás de mí (y no es que yo ande rápido precisamente), por lo que parecía mi guardaespaldas. Como era de esperar, a la semana yo estaba más que harto. Asumí que a él le pasaba lo mismo porque dejamos de hacer actividades juntos para convertirnos en unos compañeros de piso de trato educado que compartían cama. Reconozco que a veces, cuando me despertaba por la mañana, con la calma mental de la primera hora del día, lo veía a mi lado dormido aún, desnudo y desparramado y me resultaba francamente hermoso, iluminado por la tenue luz que se colaba por la ventana, con sus formas contundentes, su pecho hinchándose con cada inspiración y el vello que cubría su cuerpo más rubio todavía por las horas que pasaba en la playa. Me invadía una sensación de afecto que desgraciadamente duraba lo que tardaba en ponerme en pie y activar el móvil. El resto del día me parecía un buey, grande, fuerte y de buen carácter, pero con cero inquietudes. En definitiva, yo estaba deseoso de dejarlo en el aeropuerto de una vez y daba por sentado que a él le pasaba lo mismo. Por eso me sorprendió tanto que una vez allí, cuando nos despedimos, él me abrazara con fuerza y con ojos llorosos me diera las gracias y me dijera que yo era muy buena persona y que esperaba verme otra vez. El trayecto de regreso a la ciudad lo hice con el corazón encogido.

No he sabido mucho de Yuri durante estos meses. La verdad que llevo un año un tanto complicado y apenas le dedico tiempo al chat, pero hace unas semanas coincidimos en la red. Me envió un mensaje de los suyos lleno de emoticones de besos y abrazos y de sus posturas sexuales favoritas y volvió a repetirme lo de que yo era muy buena persona. Y empezamos con nuestra dinámica de siempre: yo preguntándole por su vida y él contestándome parcamente. Aún así me enteré que quería irse a vivir a USA, a Austin concretamente. Y en un alarde de ingenio hasta bromeó con que me fuera con él. (Vamos, quiero creer que fue una broma).

-¿Por qué a Austin?, pregunté.
-Porque me gusta.
-¿Pero has estado allí?
-Nunca, respondió Yuri con toda la naturalidad del mundo.


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