Publicado el 19 de septiembre de 2013 | por 0

Yo confieso

Tantos pecados cometidos que no sé por dónde empezar. Y encima todos en domingo, día del Señor.  Lo mejor es que empiece por el principio, siga hasta que llegue al final  y entonces me detenga. Sabias palabras.

Es una verdad mundialmente conocida que los domingos son perezosos. Te incitan a pecar y, si eres una persona débil como yo, te dejas llevar por los vicios del séptimo día de la semana.  Te conviertes en un yonqui del sofá y de las películas o series on-line. Desconocidos como Jonkar, riverita21 o masterplop son tus camellos y si su mercancía no es de buena calidad –archivos sin sonido, subtítulos descoordinados o audio latino– empiezas a ponerte nervioso.

Si a esto le sumas el hipnótico buffering que aparece en tu portátil porque miles de yonquis están intentando ver Guerra Mundial Z al igual que yo y el archivo no carga, la ira invade tu cuerpo.

A partir de aquí es todo una ilusión. Recargas la página mil veces. Avanzas el circulito del reproductor, cierras las páginas porno, intentas atinar en el aspa de los banners de “tu mujer no se enterará”, cuentas las estrellas del logo de Paramount, frame en el que se ha colgado el archivo. Veintidós.

Al cabo de unos minutos, milagro. Obra de Dios. La barrita avanza y le das al play con la esperanza de que vas a ver a Brad Pitt en acción. La lujuría es un pecado capital así que, después de los prometedores primeros dos minutos de la película, el archivo deja de chutar. Castigo de Dios.

La desesperación se apodera de tu cuerpo. Empiezas a buscar cupones de descuento para el cine como el que busca papel de fumar. Los vicios tienen eso. Puedes acabar en un centro comercial viendo una peli que se estrenó a principios de agosto como el que acaba en el Opencor para comprar un paquete de OCB.

Una vez en la fila siete, asiento número cuatro, piensas en toda la gente que hay a tu alrededor y te preguntas qué hacen ahí. Sabes que lo tuyo roza la locura. Que te has levantado del sofá, que te has vestido a toda prisa, que ni siquiera te has peinado, que te has metido el cupón en el bolsillo y has pagado por ver una peli que te podrías haber descargado y verla tranquilamente al día siguiente.  Pero ellos… ¿qué hacían ahí? Pecadores.

La sensación embriagadora del pecador se desinfla como un globo. A la media hora de la película ya me estaba cagando en todo. Cómo me dejé engañar por el dies Dominicus. Cómo volví a caer en las garras de las diabólicas super producciones. Cómo no intuí que ese Brad Pitt de Leyendas de pasión o del Club de la lucha se desvaneció después de su campaña repeinada para Chanel nº5. Era algo Inevitable.

El viaje aparentemente había acabado. Una vez en casa tuve la inmensa necesidad de confesarme. Recé tres padres nuestros y un ave maría a una estampita de Santa Rita. Lo que no me esperaba es que fuese a encontrar la absolución navegando por internet. Milagro. Un ángel azul, curiosamente de gran parecido a la Jolie, me exculpó de todos mis pecados. Su baile celestial de apoteósico final aportó paz y bien para mi vida. Yo agradecí su misericordia y aproveché para preguntarle dónde se había comprado las sandalias doradas y ese vestidazo azul.

 


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