Publicado el 12 de octubre de 2013 | por 0

Yo también lloro, Néstor

Se acerca Halloween y es hora de ponerse macabro. Y esta es una historia digna de Stephen King. O incluso mejor, mucho mejor. Este relato es mucho más terrorífico porque es verídico. Cotidiano y verídico. Ya sabéis eso tan manido de que la realidad supera la ficción… Pues aquí, un ejemplo.

Mi madre tiene un grupo de amigas variopintas a las que por algún extraño motivo, se mantiene tremendamente fiel. De todas ellas, con la que mejor se lleva es con Amalia, su amiga del alma. Amalia la apoyó incondicionalmente cuando mi padre decidió largarse, y desde entonces son como hermanas. Se llaman cada mañana a eso de las 07.00 y durante una hora se ponen al día de sus cosas y arreglan el mundo. Amalia está casada con Néstor desde hace más de 50 años. Siempre han sido un matrimonio modélico y han hecho cierto alarde de ello. Se conocieron en la adolescencia y se casaron muy jóvenes. No habían tenido otros novios, descubrieron el sexo juntos y siempre fueron fieles y comieron perdices. Amalia era ama de casa, Néstor consiguió un puesto ejecutivo en una multinacional alemana donde trabajó toda su vida. Ella siempre fue dominante y ejercía la voz cantante. Él, más tranquilo, la dejaba hacer. Pronto vinieron los hijos, cuatro en total. Con el paso del tiempo, mientras a su alrededor parejas amigas empezaron a zozobrar ellos se mantuvieron más juntos que nunca. Su unión parecía sólida e inquebrantable como una roca. Y así llegó al día que Néstor se jubiló, hace alrededor de diez años. Llevaban la vida plácida y tranquila que todos desearíamos para nosotros en nuestra tercera edad. Amalia incluso alardeaba de lo buen amante que seguía siendo su marido y del placer recíproco que todavía se daban, para cachondeo de mi madre.

Yo también lloro, Néstor

Hace cuestión de tres años Néstor tuvo varios ictus seguidos que le dejaron postrado en la cama. A partir entonces Amalia se convirtió en una enfermera devota, dedicada en cuerpo y alma a cuidar al amor de su vida convertido en poco más que un vegetal. Era encomiable ver el tesón y el cariño con el que esa mujer atendía las necesidades de su marido impedido. Hace unos meses, a Néstor le cambiaron el tratamiento. El uso de unos diuréticos tuvo en él un efecto casi milagroso; provocó que el hombre saliera de su letargo comatoso y espabilara un poco. Seguía moviéndose torpemente y no podía abandonar la cama, pero estaba más lucido e incluso tenía momentos de cordura que le permitían mantener una conversación más o menos coherente. Amalia estaba loca de contenta e internamente albergaba la esperanza de que la recuperación fuera a más. Un día, mientras le daba la comida, Néstor empezó a hablarle de otras mujeres, de supuestas amantes con las que había tenido relación a lo largo de su vida. La primera reacción de Amalia fue tomárselo a risa y así se lo contó a mi madre, como una fantasía de viejo demente y salido. Ambas rieron al teléfono, pero a pesar del jijijajá la semilla de la sospecha brotó en el corazón de Amalia. Así que entre cucharada y cucharada de papilla le interrogó y Néstor, con cierta ingenuidad senil, siguió largando y explicando unas anécdotas que por detalle y coherencia, no podían ser únicamente producto de su mente enferma. Amalia tardó varios días más en asumir con estupor que en aquellas narraciones tan sórdidas y pormenorizadas había algo (o mucho) de verdad. Néstor le habló de prostitutas nigerianas, de jóvenes secretarias que ella misma había conocido, de sexo anónimo, de un amor de juventud que había permanecido en su corazón por años y años, de unos juegos sexuales y una lujuria fuera de su comprensión. Su demencia no podía ser la única fuente que provocara esas fantasías tan coherentes. Aquel día Amalia visitó su infierno personal y allí se instaló. Su marido, ese hombre por el que ella habría puesto la mano en el fuego, esa persona a quien ella consideraba su alma gemela no tenía nada que ver con ese tipo ahí tumbado en aquella cama que habían compartido durante años. Néstor la había estado engañando desde el principio. Ni siquiera se había iniciado en el sexo con ella, tal como le había dicho. Toda su vida era una mentira. Amalia tubo un acceso de ira, perdió los estribos y le propinó al indefenso Néstor tal paliza que le fisuró un pómulo, le partió el labio y le provocó varios moretones en la cara. A mi madre le confesó que si no hubiera sido porque Rogelio, el hombre que la ayudaba a lavarlo, la detuvo, no sabía hasta donde habría llegado.

Amalia odia a Néstor. Lo odia con la misma pasión y devoción con la que antes le amaba. O incluso más. Empezó a obsesionarse con el pasado de su marido, empezó a repasar su vida, a recordar excusas a las que en su momento no dio mayor importancia, creyendo ciegamente en la versión que él le había dado. Y buscó pistas aferrada a la esperanza de que todo fuera una fantasía senil bien urdida. Se sentía traicionada, humillada, dolida, asqueada y culpable y empezó a llenarse de esos sentimientos. Desterrado el amor, el odio se convirtió en la excusa de su vida.

A partir de la paliza, Néstor dejó de hablar con su mujer. El código de responsabilidad que regía la vida de Amalia le impidió dejarlo de la mano de Dios, así que siguió atendiéndole. Pero en lugar de la ternura infinita que había mostrado hasta entonces, probando si la papilla estaba demasiado caliente o demasiado fría, ahora se la metía en la boca tal como venía, a trompicones, empujando la cuchara bien adentro e insultándole entre bocado y bocado. A veces entraba en el dormitorio mientras él dormitaba y le arreaba un bofetón o le retorcía los dedos de los pies, ulcerados, a la vez que le decía que era un hijo de puta y lindezas por el estilo. Néstor vivía aterrorizado, a merced del perturbado estado de ánimo de su mujer. Lo peor eran las noches, cuando se quedaban solos. Amalia no podía dormir. Consumida por la frustración deambulaba por la casa como un espíritu errante. Intentaba razonar con él, a oscuras, ametrallándole a preguntas, suplicándole que la mintiera. Intentaba controlarse, pero a veces no lo conseguía. Tuvo otro acceso de ira. Acabó abalanzada sobre él, abofeteándolo de nuevo. Si se detuvo fue porque temió que los alaridos de horror de Néstor despertaran a los vecinos. A la mañana siguiente Amalia le dijo a Rogelio que a Néstor le había dado una reacción alérgica en la cara y que había que ponerle una crema antihistamínica. Rogelio no se lo tragó. Esa misma tarde, cuando llegó a su casa, Rogelio llamó a Marta, la hija mayor de Amalia y Néstor y le explicó que su madre propinaba palizas a su padre y que él prefería no volver a trabajar allí.

Yo también lloro, Néstor

El fin de semana siguiente, los hijos se presentaron de visita con aspecto solemne. Enfocaron el tema con suavidad y cautela. Al principio Amalia se hizo la ofendida y mostró su sorpresa ante tanta calumnia. Pero la conversación se fue crispando y al final la mujer explotó y acabó explicando la doble vida que había ejercido su marido. Al principio los hijos no dieron crédito a esas palabras y lo atribuyeron todo a los delirios de la mente enferma de su padre y las exageraciones de su madre. Entonces Amalia sacó del fondo de un armario unos diarios de su vida profesional que Néstor llevaba guardando año tras años y el los que entre anotaciones de trabajo y citas técnicas, había pequeños párrafos en los que dejaba entrever algunos de sus pensamientos y sus infidelidades. Y en frases cortas repartidas por páginas durante varios años, narraba la devoción que toda su vida había sentido por una mujer que había conocido antes de casarse con Amalia y con la que se siguió viendo durante varios años, hasta que ella lo dejó. Aquellas notas escritas de puño y letra de Néstor eran una prueba irrefutable. Sobrepuestos a la sorpresa, los hijos no bajaron la guardia. Aunque Néstor le hubiera sido infiel, era del todo inadmisible que Amalia maltratara física y psicológicamente a su marido indefenso. Amalia negó las acusaciones, y con la calma de las pérfidas, les dijo a sus hijos que si no confiaban en ella, que se llevaran al padre, que lo ingresaran en una residencia o lo cuidaran ellos. Los hijos se miraron unos a otros. Amalia sabía que tenía la partida ganada de antemano: ni iban a soltar un euro, ni iban a hacerse cargo de su padre.

Las cosas entre Amalia y Néstor siguen igual. Ella obsesionada, él muriendo lentamente. Mi madre me contó que al principio los hijos se pasaban por la casa con más frecuencia, para controlar a su madre. Durante esas visitas todos actuaban con una cordialidad ficticia, como si nada hubiera pasado nunca. Pero aquellos controles también duraron poco; cuando llegó el buen tiempo, los retoños empezaron a largarse fuera de fin de semana con sus familias. A ver si lo va a matar, se me ocurrió un día comentarle a mi madre a sabiendas de que sus amigas no hacen ascos a ninguna solución por muy expeditiva que esta pueda parecer, como ya expliqué aquí en otra ocasión. ¡Qué va!, me respondió mamá. Me explicó que Amalia y Néstor viven de la pensión de él. En cuanto muera, Amalia tendrá que dejar su casa e irse a vivir con sus hijos. Y eso sí que la horroriza. Así que lo cuidará para que viva lo máximo posible. O lo malcuidará, pensé yo. Pobre Néstor. La única persona a la que le importa, es aquella que le odia. Mi madre insiste que Amalia hace tiempo que lo cuida bien, que se han acabado las sesiones de violencia gratuita. Yo no lo tengo tan claro.

Néstor lleva varias horas con el pañal meado. Le escuece el culo y huele mal. Antes Amalia corría enseguida a cambiarlo y ponerle cremas. Hoy tendrá suerte si lo limpia antes de dormir. Le da de cenar. La comida está tan caliente que le quema la boca. Él no se queja, sabe que es peor. Pero el horror de verdad sucede cuando oscurece. Envuelto en la penumbra, Néstor escucha los sollozos incontenidos de Amalia en el salón. Debe estar repasando sus diarios laborales. El corazón se le acelera cuando oye los pasos de su mujer en el pasillo, arrastrando los pies. Durante unos segundos todo queda en silencio. Es la calma tensa que precede a la tormenta. De pronto la tele de su habitación se enciende. La sesión va a empezar. Un presentador parlotea animadamente. El público ríe sus gracias, parecen felices. Aplauden. Amalia maneja el mando, sube el volumen. A Néstor le duele el corazón, parece que se le va a desbocar. ¿Qué será esta vez? Amalia destapa el inútil cuerpo de su marido. Néstor tiembla. No, por favor, le gustaría suplicar, pero sabe que eso sería peor. No puede evitar que se le escapen unas lágrimas. ¿Lloras?, le pregunta Amalia. Néstor cierra los ojos, no quiere verlo. Amalia extiende una toalla bajo los pies deformes del hombre para que las sábanas no se manchen de sangre. Yo también lloro Néstor, mucho. Aplica un buen chorro de alcohol sobre un estropajo. El olor del alcohol le marea. Tiene ganas de vomitar, pero se traga su bilis. Deberías haberlo pensado mientras te follabas a esas putas, dice Amalia mientras aplica con firmeza el estropajo empapado sobre las llagas en carne viva de los pies de Néstor. Sus alaridos quedan diluidos por los aplausos y las risas enlatadas de la televisión, donde todo el mundo es inmensamente feliz.


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