Publicado el 19 de octubre de 2013 | por 9

La resaca es menos resaca con ¡Vaya casas!

Sábado por la mañana. Gran resaca. Como persona de bien dignifico mi existencia levantándote temprano, preparando un buen desayuno y encendiendo la tele. ¿Cómo? ¿En vez de hacer deporte, ir al mercado a comprar viandas o a la barbería a que me atusen el bigote? Pues claro, porque La Sexta emite refritos de tres programas maravillosos, que van cambiando su orden de emisión según la época del año:

  • ¡Vaya casas!: El lujo, el glamour, la horterada, la mariconada, el pijerío,… Unas casas de escándalo, unos propietarios que merecen un baño de humildad y una presentadora espectacular, Patricia Gallo.
  • ¿Quién vive ahí?: Un mezcladillo de pisos bonitos, casas curiosas y propietarios excéntricos. Con formato de presentador invisible mezcla de inocente ignorante y pizpireta. Despedidas a lo Callejeros: cámara hacia atrás mientras los propietarios saludan con la mano.
  • Piso compartido:  El hermano pobre. Pisos de estudiantes dicharacheros y dicharacheras con sus muebles de broma y habitaciones decoradas como adolescentes maduros. También pisos compartidos por treintañeros y treintañeras, grandes profesionales en sus campos, que convivien con tres personas en un chamizo ya no por un posible sueldo mileurista en Barcelona o Madrid, sino por el gusto de compartir el baño, la cocina y un sofá de cartón para ver La Voz en un televisor LCD de 20”.

De toda esta maravilla, mi favorito es ¡Vaya casas! Y todo gracias a Patricia, su presentadora, que sabe abofetear la cara de los propietarios con preguntas dolosas y poniéndoles caras de asco.

Vaya una mierda

Patricia está harta de que le descubran que eso que parece una pared panelada de madera sea un armario. “Y esto es una puerta” dice el propietario. ¡Tachán! Patricia contesta cosas como “qué interesante”, “muy bien, muy bien”, “vaya” mientras pone cara de que le importa un colín. Si es que todos sabemos que es una puta puerta. Deseamos fuerte que se haya gastado una pasta en que le pongan imanes en vez de pomos a las puertas del gran vestidor, para que parezca que es un cuarto para las escobas y las fregonas.

La verdad es que a Patricia le gustan las casas a partir de los 6 millones de euros, palaciegas, con solera,… las fantasías de arquitecto en cemento visto y cristal le dan lo mismo y son visitas que hace con menos gusto.

Patricia con el señor Domeq

Patricia disfrutó a tope en la finca de los Domeq. Se crearon vórtices de atracción muy fuertes.

¿Te gusta recibir?

Esta es una de las preguntas estrella de Patricia y sigo sin saber si va con doble intención, pues son muchos los propietarios masculinos que nos presentan a un amigo muy íntimo. En general todos y todas responden que les gusta recibir en una gran mesa. Algunas de hasta 30 invitados. ¡Qué fuerte!

Mis dominios

Cuando los propietarios son pareja, al entrar en la cocina uno de ellos dice “mis dominios”, como si cocinar fuese la cumbre de la diversión de cada día. Serán tus dominios un sábado de cada mes, pelagatos.
Algunas señoras de la casa dicen lo de “mis dominios” mientras dos filipinas están frente a los fogones dándolo todo. Delirante.

La silla Panton

No hay casa de ¡Vaya casas! en la que no haya una colección de malditas sillas Panton, de las de verdad o de las de mentira. ¡Maldita sea! ¿Las lleva el programa? ¿De verdad le gustan a todo el mundo? ¡Modernos!

¿Cuánto cuesta…?

Patricia es especialista en meter el dedo en la llaga cuando una casa no le convence. “¡Qué techos más impresionantes! pero cuando se funde una bombilla ¿cómo la cambias?”, “¡Qué estantería tan alta! ¿Cómo la limpias?”, “¡Qué salón! ¿Cuánto cuesta calentarlo?”. ¡Zas, en toda la boca!

Soy arquitecto

Una casa de formas cúbicas, en cemento visto, grandes cristaleras, cesped perfecto (o artificial), una parcela a tomar por culo (barata),… “- ¿A qué os dedicáis?”. “- Soy arquitecto” o “- Somos arquitectos”. No falla. El o los arquitectos hacen su primer trabajo diseñando su casa, que luego servirá como demo de lo que son capaces de hacer: casas cúbicas en cemento visto integradas en la naturaleza que solo gustan a los arquitectos. Muy nuevo todo.

¡Vaya casa!

En el Autocad quedaba muy bien.

Soy decoradora de interiores

Suele ser una propietaria madrileña o andaluza que dice ser decoradora de interiores pero que claramente solo ha decorado su propia casa. Es un piso muy grande lleno de objetos mezclados sin ton ni son. Un batiburrillo de todo: obras de arte, la silla Panton, trofeos de caza, arte africano,… Es difícil distinguir esa casa de una tienda de decoración. Probablemente está decorada con todo el stock del negocio que montó en su día y que quebró sin venta alguna.

Soy anticuario

Es un señor mayor gay andaluz que ha heredado un casoplón, un cortijo, una capilla,… y es como la casa de la decoradora de interiores pero aún más abigarrada y densa. A todos los elementos anteriores se les unen los motivos religiosos y los taurinos. Por alguna razón, todos los propietarios tienen voz aflautada pero arenosa.

El negocio

Al final de la visita descubrimos que muchas de esas casas maravillosas están en venta “porque necesito estar en Madrid”, “porque los niños ya no vienen”,… en ningún caso porque el propietario esté canino. Las decoradoras no se quieren desprender de la casa pero nos cuentan que de vez en cuando su casa es una suerte de restaurante ilegal para personalidades. Llamémosle “restaurante secreto” que queda mejor.

El servicio

A Patricia le gusta hablar con el servicio, a ver si le saca alguna maldad que contradiga las maravillas que cuentan los propietarios. En Madrid parece que las que más molan son las filipinas y la verdad es que no sueltan prenda, están bien aleccionadas.
Me encantó una propietaria de uno de los programas que llamaba “Morenita” a su criada africana en vez de por su nombre. ¡Cuánto cariño!

¡Cómo está el servicio!

¡Cómo está el servicio!

Los niños

Si hay niños en la casa a los propietarios les gusta lucirlos. Les ponen sus mejores galas y les hacen bañarse en la piscina, jugar al ping pong, hacer que estudian,… y hasta hablar para el programa. Patricia les da pie pero ellos quedan paralizados ante su presencia y apenas pueden balbucear un par de frases. La excepción fue un niño que en un programa se soltó y empezó a contar intimidades de su padre que Patricia hubo de frenar por el bien de todos.

El piscolabis

En todas las casas, ya sea el servicio o bien unos amigos de la familia, preparan un piscolabis para complacer a Patricia. Ella es muy profesional y da el visto bueno en la cocina pero lo pospone para el final del programa. Una vez acabada la visita, normalmente deja a la familia comiendo las viandas mientras ella se va con viento fresco. “Ahí os quedáis con vuestro jamón, que no es del bueno”, parece decir. Haya piscolabis o no, Patricia se despide fría, sin tocar ni besar a sus anfitriones. Es parte de su encanto.

He perdido toda la mañana. Debo apurar para recuperar el tiempo perdido, empezando por ducharme. Probablemente esta noche acabe otra vez bebiendo Malibús con piña en cualquier garito hasta altas horas de la madrugada. Por suerte mañana es domingo y La Sexta vuelve a programar ese trío de ases televisivos. Nos vemos en mi sofá, Patricia.

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